Red de Vida

El poder de la alabanza y la adoración

Andrés Herrera – Pastor Red Plus

De niño soñaba con ser baterista. ¿A cuál niño inquieto no? Pero para un niño que crece con bullying puede ser una oportunidad para sentirse reconocido. Crecer durante la pubertad sin ser bueno en algo para las personas ajenas a su círculo familiar puede ser frustrante. Es una etapa durísima, incomprendida y obviada por los adultos, pues uno no quiere regresar a esos días que adolecen. Así que después de los diez años, cada vez que iba a la iglesia, mis ojos se concentraban plenamente en esos “tarros”. No obstante, no había campo para un baterista. Escuelas de músicos no abundaban, y si existían, tampoco había plata. Eran tiempos muy duros. Pero no más que descubrir por mí mismo que no tenía talento para ello. Prueba de eso fue que una mañana que fui con mi padre a la iglesia, vi los bolillos y comencé a darle. No tenía el más mínimo sentido de coordinación. Definitivamente los tarros y yo nunca íbamos a ser amigos.

Para esos años, a nuestra iglesia había ido a tocar una banda a un culto de domingo. Esa tarde noche, la banda contaba con un saxofonista. Lo que a mí no me inmutó en lo más mínimo, pero mi padre como tres veces me decía: “vea Andrés, vea el saxofón, qué hermoso”. Quizás fue el sueño de él, o de ambos, sólo que mi sentido musical aún dormía, o lo tenía enterrado con “los tarros”.

Un año más tarde, mi hermana intentaba hacer su tarea de música con una flauta, y ya me tenía loco intentando lograr unas notas. Entonces cansado, le dije: “así no se hace”, la tomé y logré sacar las notas. Ya casi era todo un “flautista escolar”. Hablé con mi profesor de música, me hizo un par de pruebas y una tarde me ingresó a la tan soñada banda de la escuela. Era impresionante ver cómo esos niños eran ovacionados un desfile de septiembre. Y yo quería ser parte de ello, aunque sea en mi último año de escuela, pues los tarros me lo negaron dos veces. Sin embargo, ese año los maestros le montaron la huelga más grande de la historia al Gobierno, y se canceló el desfile.

Al año siguiente, mi mejor amigo del barrio quería vender su saxofón. Sus padres se lo habían comprado en los Estados Unidos y no lo quería porque lo de él eran las cuerdas. Así que lo llevó a casa y yo sabía que a mi papá le encantaría la idea. Yo pensé que de flauta a saxofón no había mucha diferencia y al contarle la idea, lo podría comprar. Pues bien, cayó “redonditico” y fue imposible para él no hacerle una oferta al pobre amigo que se estaba quemando por tener plata. Ahora bien, no fue tan fácil para mi padre, tuvo que pedir prestado y duró varios meses pagando. Son de esas cosas que uno como hijo nunca podrá devolver económicamente hablando. No sólo me había comprado un instrumento, sino una serie de oportunidades y factores de protección que la música para el Señor nos puede dar. Esta me acercó a cursos cristianos, eventos y pastores de música que me enseñaron principios bíblicos de adoración, fe y de conducta. Pertenecer a una banda de iglesia me hizo cuidarme de meterme en problemas de juventud. Sin embargo, fue el preámbulo para darme cuenta que no podía esconder mis problemas de autoestima y aceptación en un talento. Fui comprendiendo poco a poco, hasta darme cuenta que Dios me amaba tal cual soy y que había sido “creado para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual me hizo acepto en el Amado”.  Que tanto mis canciones, mis acciones, mis palabras, mis relaciones y todo lo que soy, son para la Gloria de Dios.

Descubrí por su gracia, que, en los momentos más difíciles, si mis palabras glorificaban al Señor, depositaba toda mi confianza en Él, y alababa de continuo con mi boca; podía clamar a Él en tiempos de angustia y sería escuchado para ser liberado.

El poder de la alabanza y la adoración

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